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Pasiones lúdicas

 
   
 

Sobre Aiwa de Sergio Bizzio
ADN Suplemento Cultural del diario La Nación
Sábado 13 de febrero de 2010
Por Felipe Fernández

Una aldea donde de pronto a los hombres les crecen tetas es un punto de partida irresistible para cualquier clase de argumento. En Aiwa, Sergio Bizzio plantea la situación inicial con austera frescura y vuelca la misma economía de recursos en la ambientación. Hay poco ímpetu descriptivo y mínimas precisiones. En la aldea, situada cerca de una montaña, siempre hace mucho frío, "incluso en verano". Sus habitantes viven de la caza y cada quince días Houseman, el dueño del bar, se encarga de canjear por mercadería las pieles de los animales que han cazado. Realiza el trueque en un pueblo, con un tal Ordóñez, por tabaco, alcohol, yerba, arroz, fósforos, ropa y otras provisiones, "todas cosas que después, ya en el bar, canjeaba a su vez a los aldeanos por nuevas pieles".
La dinámica narrativa avanza a puro impulso, sin proyecciones alegóricas ni trasfondos simbólicos. El humor, orientado hacia un absurdo costumbrista, serpentea con sordina y toma por sorpresa. Como cuando dos personajes hablan sobre la conveniencia de mantener la luz encendida en el galpón y acto seguido se aclara que nadie en la aldea tiene galpón. O cuando se dice que el consumo de alcohol en los hombres se había triplicado desde que se les había triplicado el tamaño de los pechos y concluir: "Obviamente también solían ver triple". A veces surge un toque zen como "la respuesta era tan obvia que empezó a llover". En ocasiones el juego consiste en perturbar una frase común y corriente: "A partir de entonces pasaron sin verse uno, dos, tres [...] veinticuatro, veinticinco interminables días...". Y el autor también puede inmiscuirse en un pasaje para anunciar un cambio de escenario: "En la TV hubo un corte comercial [...] que nosotros aprovecharemos para viajar hasta la aldea?".
Los prolijos zarpazos de comicidad están repartidos con mesura y no lentifican ni confunden la evolución del relato. La propuesta es un "tómelo o déjelo", pero no por eso se descuida la lógica interna de la trama. Una vez establecidas las leyes que rigen ese mundo de ficción, se respetan las correspondencias entre causas y efectos. El asunto de los pechos podría haber bastado por sí solo para consolidar un cuento bastante extraño. Bizzio quizás haya pensado que resultaba un tema insuficiente o tedioso de desarrollar en el marco de una novela, aunque sea una de poca extensión, y por eso abre un segundo camino narrativo con la historia de amor entre Aiwa, una aldeana de diecinueve años, y Sony, un chico de trece que vive en el pueblo y es nieto de Ordóñez. El romance, con un chiste onomástico sin mayores consecuencias, progresa un poco en serio y un poco en broma. No desentona con el espíritu general del libro e incluso ofrece una conversación telefónica de dos páginas entre los adolescentes en la cual sólo aparecen las palabras de Aiwa, y, en lugar de las de Sony, puntos suspensivos.
Tres científicos van a la aldea "a ver qué pasaba que los hombres tenían tetas" y luego de realizar diversos análisis determinan que la causa del fenómeno se debe a una continuada ingesta de hormonas que se hallan, "en niveles extraordinarios", en una cascada. En busca de la fuente intentarán subir hasta la cumbre de la montaña. Para el suspendido final, Bizzio reserva elementos de ciencia ficción, sin descuidar el romance y sin traicionar el pathos lúdico que, en definitiva, es el principal inspirador de esta obra.

 
     
     
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