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Más impresiones sobre Fogwill Por Esteban
 
   
 

20 de marzo de 2008

1.Calor. Un calor de cagarse. Literalmente, ese calor invasivo, promiscuo, que huele a asfalto y amontonamiento humano y se te mete en el cuerpo, haciendo que te derritas y dándote dolor de panza. Está pesadísimo. Cuando la gorda que cabecea en el asiento del pasillo se empieza a reclinar hacia la derecha ─o sea, hacia mi hombro, hacia mí, que acurrucado contra la ventanilla, levanto los ojos del libro que estoy leyendo y la contemplo espantado─, empiezo a revisar seriamente mi decisión. Ya va una hora que estoy arriba del 60 y todavía falta media más para llegar al MALBA, que queda alejado de todo. Por lo menos, media hora más, calculo. Mientras tanto, la Torre de Pisa, que lleva un vestido floreado injustificable y chorrea hilos de agua, sigue amenazando con desbarrancarse y una vocecita en mi cabeza repite un salmo de alarma: “go to a happy place, go to a happy place”. Justo a tiempo, el bondi agarra un bache bienhechor ─el disléxico Jefe de Gobierno dijo anoche en TN que había duplicado el presupuesto para taparlos y ahora agradezco sus mentiras─, corcovea como un potro y la señora se despierta y se endereza. Sobre mis piernas, “Los dueños de la tierra”. Lo terminé hace rato y tengo sueño, pero lo sigo hojeando de vicio. Me arden un poco los ojos. Ningún escritor justifica este calvario, ni siquiera Fogwill.

Aprieto el paso para hacer las 4, 5 cuadras que hay entre Las Heras y Figueroa Alcorta y llego 5 minutos antes del horario estipulado. Termino de fumarme el pucho que prendí 2 cuadras atrás y miro para adentro, a través las puertas vidriadas del museo, la cola interesante que se está formando. Predominan las minas con pinta de estudiantes de cine o de letras, pero también hay flacos y unas pocas señoras grandes, algo pacatas, que fruncen la nariz como si estuvieran olfateando un gas. ¿Groupies resecas de otros tiempos?

Fogwill debe ser lo más aproximado que existe a un rockstar dentro de nuestro universo literario. En el mostrador circular del hall de entrada, atendido invariablemente por chicas lindas o tipos calvos, me dan, oh sí, un ticket. Que no haya que poner un mango carece de relevancia. Es un símbolo más de los paralelismos que podrían dibujarse entre el escritor y, digamos, Charly García o alguien por el estilo: decadente, camorrero, drogón, mujeriego y, por sobre todas las cosas, talentoso. Terriblemente talentoso. Aquí están y estos son los ingredientes (para nada secretos) del cóctel Fogwill. A los que haría falta agregar el marketing obsceno que hace de sí mismo. Nadie mejor que Fogwill para vender a Fogwill. No es crítica. El tipo no es un hacendado, es un escritor (argentino, para colmo) y, como tal, si no hubiese practicado un poco el autobombo, se lo habrían comido los piojos.

2.

Llega entre 10 y 15 minutos tarde, la demora justa, y todos lo miran. Hay un grupito de gente, más bien jóvenes, que revolotean a su alrededor. Él sonríe cortés, saluda a algunas personas de la audiencia, charla un rato con otras y, después, sube al escenario. Desde ahí, agradece la concurrencia de un par de notables, entre ellos Abrasha Rotemberg ─personaje que hubiera pasado por alto de no haber cursado Diseño de la Información, lejos una de las mejores materias de la orientación en periodismo─ y el antichavista cola de paja Fito Páez. “¡Fogwill, jaja!” grita Fito desde el medio de la sala, con el mismo tono que usa en She’s mine para decir “¿vieron la estrella fugaz, que divina?”… En fin, sigamos.

Los invitados a la presentación de Los libros de la guerra son Horacio Gonzáles y el crítico Quintín, de la Lectora Provisoria, “una bocanada de aire fresco en el pestilente mundo de los blogs”. Este último juicio (reproducido por mi memoria endeble, pero la idea era esa) corre por cuenta de Fogwill. Había otros dos, que a último momento no pudieron (o no quisieron) asistir. Uno ellos, Daniel Link, viejo conocido de Puán y un tanto menos de Ramos. Fogwill, por supuesto, no se priva de soltar un par de chistes sobre su sexualidad. La de Link, digo, no la suya, que es muy macho. Pero Link no se enoja jamás; más bien todo lo contrario. Se divierte retrucando y alimentando las proposiciones corrosivas y políticamente incorrectas de nuestra pluma más falopera. Serán chanzas entre amigos.

Hay que aclarar, sin embargo, que esta no suele ser la respuesta más común hacia Fogwill y su particular sentido del humor. La bronca, la incomodidad o el terror rankean bastante más alto. Tanto González como Quintín confiesan ─un poco en broma, un poco en serio─ tenerle miedo. Será por el insoportable vicio que tiene el autor de Los Pichiciegos de incomodar a la buena gente, sobre todo a la buena gente progresista.

La exposición del Señor Director de la Biblioteca Nacional es larga, sesuda y muy honesta. De a ratos, también emotiva. En un pasaje, evoca a un Fogwill joven y canchero, que se codeaba con los muchachones de la Facultad de Filosofía y Letras y al que, por entonces, llamaban el “Quique”. Gonzáles echa de menos a aquel Fogwill, más confiable y previsible y que, imagino, debía de interrumpir mucho menos que ahora. A pesar de todo, González habla bien y al terminar recibe una gran salva de aplausos. Mientras lo aplaudo, pienso que es imposible que más tarde recupere todo lo que dijo. Demasiadas ideas para mi mente exhausta. Le dejo la tarea a los que tengan más tiempo y memoria. O un grabador, lo que no es mi caso.

La parte de Quintín es más breve y deslucida. Simplemente, lee con desgano un artículo que preparó para la Lectora, sin modificar siquiera el uso de los tiempos verbales. No me parece un gesto de lo más amigable, pero el incansable reseñador de Aira sabrá lo que hace y, además, Fogwill ha dicho que eligió, adrede, a los invitados que podían hablar mal de su persona. Supongo que estará satisfecho en este caso. Por algún lado escuché que él y Quintín estuvieron peleados durante bastante tiempo.

3.

La mayoría de las entrevistas a Fogwill ─y he leído algunas─ se asemejan. Suelen arrancar con el periodista citándose con el escritor en un bar X y contando como llega un poco cagado en las patas, sin saber del todo qué esperar. Enseguida, al tercer o cuarto párrafo, hay que meter un detallecito de color, referido a la lujuria animal del escritor. Por lo general, Fogwill se le tira a la moza o le hace algún comentario impropio a una mina que pasa de casualidad, etc. Después, quinto o sexto párrafo, Fogwill ataca a una figura más o menos reconocida del campo cultural ─punching ball favorito: Piglia─ e inmediatamente elogia a otra ─Aira, Laiseca, por ahí, un joven escritor en ascenso─. Y siempre, pero siempre sobrevuela una sensación de que el periodista es el chavoncito confundido que no sabe cómo manejar los excesos del escritor.

En otras palabras, Fogwill es el lobo feroz.

4.

Y aquí viene la pregunta que me calienta: aparte de las obviedades ya mencionadas ─o sea, que es desubicado, medio violento, cínico, sobrador, reaccionario y demás─ ¿por qué razón tanto miedo? ¿Qué es lo que tiene Fogwill que lo hace tan temible?

Y repito lo que dije en otro momento, su cualidad más aterradora es su inteligencia. Esa inteligencia filosa, inmisericorde, que se caga en todo y en todos, y puede resultar sobrecogedora. (Evitemos los chistes referidos al último adjetivo.) Fogwill dice lo que piensa y si su pensamiento jode a alguno, que lo joda. De rebote, la puede ligar cualquiera, porque nadie está nunca exento de soltar una pelotudez de vez en cuando y si Fogwill la llega a agarrar (lo más probable, dado que es un sabueso), estás sonado. Y esto es lo que resulta inquietante.

Para peor, está bien lejos de hablar nada más que de literatura. Por tirar ejemplos, si bien puede decir que la última novela de Kohan es una “reverenda pelotudez” (textual) o que, en “La historia del llanto”, Pauls trató de ser Proust y no le salió, también habla de política, de historia, de cultura. Y al hacerlo, lo más común es que le pegue duro al costado sensiblero de nuestro progresismo bienpensante. Y, entonces, sí que duele. Porque en la presentación de su libro hizo dos o tres comentarios en torno al Holocausto judío y los 30 mil desaparecidos de la última dictadura que no me animo a reponer sin que se me ericen de un escalofrío los vellos de la nuca. No porque sean mentiras, sino porque si esas mismas cosas se dijeran en otro contexto o sin el rosario de aclaraciones y salvedades pertinentes −que corrieron por parte del bueno de González, la voz de la razón, en todo este asunto− o, directamente, si las dijera otro que no fuera Fogwill, serían para el linchamiento.

5.

Mientras masticaba los sucesos del día, camino de vuelta a casa, se me venía un torbellino de imágenes a la cabeza. Fogwill, como el lobo feroz, Fogwill, como el Ello de las Letras actuales, pura fuerza, pura vitalidad, Fogwill, como un Dr. Jekyll perverso de Piglia y los demás niños modelos, Fogwill, como un guerrillero, un francotirador, que dispara y después pregunta. Indudablemente, su estrella está en ascenso hace rato y, cada vez, sube más rápido. Si en algún momento, estuvo en la periferia del campo, hoy por hoy, ha casi llegado al centro, desplazándose con la velocidad cegadora de un bólido. El problema es si tendrá los reflejos para frenar, cuando finalmente llegue, o si antes no habrá de chocar contra una pared que lo haga pedazos.


Publicado por Esteban en 16:21 Etiquetas: Libros, Mis dioses tutelares

 

 
     
     
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