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Mano de piedra Durand, Daniel
 
   
 

Sobre El Estado y él se amaron, de Daniel Durand

Leonor Silvestri

leomiau76.blogspot.com

Así como hay un “rock chabón”, hay una poesía homónima que tiene su floruit en los 90 con la mítica revista 18 Whiskies, grupo del cual Daniel Durand fue artífice, junto a otros. El estado y Él se amaron, que reúne muchos de sus trabajos de poesía y prosa, éditos e inéditos, sigue esa línea, luego continuada, con mayor éxito comercial, y menos autenticidad, por otros cultores del género que esta nueva editorial, Mansalva, publica. Descender hasta la inmundicia, desde lo alto, a lo bajo, como manifestación de la cultural popular, desde una especie de Warhol local, para poder dar otro significado al origen provinciano, con historias de barrios pobres, pero como si sus protagonistas hicieran el texto (“Darío la agarra durmiendo/ la siesta a la Vilma/ que es la empleada/ y se la coge despacito/ para que no se despierte”).

Así de difícil de explicar, la reproducción del habla, y de la vida, del lumpen, con un estilo que en Durand podría clasificarse como aglomeración, absurdo y experimentación con el lenguaje marginal. El poeta logra poetizar lo imposible y lleva a tope la masculinidad poética: “primero, a arremangarme/ el cuero que me sobra cuando la tengo muerta/y expuesta la cabeza a esta brisa de Febrero/ la voy a introducir en la boca del tintero”. En su poesía no hay nada de amoroso o de simpatético, en el sentido etimológico del término, esto es poder sentir con el otro, por ejemplo en “Bebimos”: “después del parto primerizo/la garchamos/ y le tomamos la leche”. Y la pregunta no deja de venir a la cabeza: ¿por qué tanta crueldad? Sin embargo, como en todo demasiado macho, habita un espíritu demasiado sensible, de a ratos (“Yo escribí una cosa que se llama poema/ para Élida, porque me enamoré de ella,/ y lo escondí arriba de ropero;/después me fui en bicicleta y lo tiré/ por el ferrocarril para que nadie se entere/ que me gusta/la poesía /y Élida”), para que, finalmente, toda la proto-homosexualidad del yo lírico termine de florecer en el narrador de la prosa de Cola de Alpargata con cuentos efectistas y de armado clásico.

También en este volumen figura su gran favorito, el breve libro Vieja del Agua, lo mejor que él haya escrito nunca: el minimalismo bien entendido en todo su barroquismo. Y también un (falso) “manifiesto” para los jóvenes que lo siguen: “…si sufrís que sea para darle existencia a un personaje, no dejes que la experiencia te sirva para algo fuera de la literatura, sé un perro siempre, apostá al caos, el tiempo después lo ordena todo, lo junta, la gente le pone nombre a todo lo que hiciste, no hagás caso, de nada, no sirve más estar triste por lo que pasa, los que te destruyeron te odian, nunca olvides eso, los que te odian te envidian, no hay vuelta, los que te envidian te aman, y no olvides que esa noche de gloria es eterna y sirve para siempre…”

Pero que no se confunda a Durand con los poetas posmodernos de lo aberrante que crearon su mito de origen marginal, de pobreza o de levedad mental. Durand puede poetizar lo políticamente incorrecto, pesadilla tanto de la burguesía como de la poesía ideológica; sin duda no para ser el oscuro bufón mediático de la corte de lo cool de la poesía, sino para ser el más marginal, “el poronga” del barrio poético. Y para ocupar esa posición, como lo dejan ver algunos de sus poemas, hay que instruirse en Saussure, Levi- Strauss y mucha literatura inglesa, y permanecer un poco por afuera (“Un texto que de tan bueno nunca/haga falta mostrárselo a nadie/…El poema perfecto no necesita lector”).

 

 
     
     
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